25 de septiembre de 2011

El gran arbusto de la vida


Me resulta cada vez más obvio que gran parte de lo que somos viene condicionado por nuestro entorno, por nuestra propia historia y los caminos que tomamos en ella. Ya he superado el ecuador de mis estudios en la universidad y, si comencé con las ideas claras, ahora, con el tiempo transcurrido, no pueden ser más confusas. Por razones que no logro entender, "La vida maravillosa" llegó a mí de manos de ese gran maestro que todos deberíamos tener, y desde entones, aunque ya lo acabé hace tiempo, sigue estando muy presente. Ese libro, y sobre todo su autor, han condicionado mi pensamiento sobre la biología y también, por qué no, sobre el mundo.

Una de las cosas que más me gustó y me llamó la atención son los comentarios que el autor hace sobre la evolución y sobre los cuales nunca había pensado.

Existe una gran cantidad de confusiones al hablar de evolución. Éstas nos hacen pensar en la grandeza del ser humano por encima del resto de especies. Para empezar, evolución (al menos en los términos aquí utilizados y refiriéndose al cambio biológico con el transcurso del tiempo) no es sinónimo de progreso. Este mecanismo de cambio sólo se encarga de que los seres en un determinado momento sean los apropiados para sobrevivir bajo las condiciones reinantes en aquel tiempo. El pez más rápido, el mejor nadador, se ahoga si la charca en la que vive se seca. Aunque podamos argumentar que el hombre tiene gran capacidad de adaptación sean las condiciones ambientales cambiantes, siempre puede haber un cambio tal que nos deje en pañales ante la naturaleza.


Una de las representaciones más famosas en biología, y de la que habla S. J. Gould  en La vida maravillosa, es el árbol de la vida. Esta es una representación con forma de árbol en la que de una base común salen muchas ramas que, poco a poco, se van dividiendo dicotómicamente. Así, se llega de la aparente simplicidad inicial, a un mundo diversificado con muchas formas distintas y pequeñas ramas en la copa. Esta representación da a entender que la vida es un camino de diversificación continuo. Además, al situar a unos taxones por encima de otros, podemos llegar a pensar en algún tipo de superioridad de unos sobre otros. Nada más alejado de la realidad.

El camino de la vida no fue fácil y las ramas verdes del árbol son muchas menos que las secas. Muchos se han quedado en el camino, phyla enteros se han quedado atrás para siempre. Quizá ahora haya más número de especies que en el pasado, pero parece claro que en el pasado la diversidad de morfologías era superior a la actual. Hemos salvado el problema de la diversificación creciente, pues sólo era un espejismo basado en una mala representación. Y, para evitar la confusión de la supuesta superioridad de unos sobre otros quizá un arbusto sería más conveniente que un árbol. Un arbusto repleto de ramas secas y muchas menos verdes, aguantando el tirón de los siglos. Todas ellas apareciendo de otras ramas más gordas, dependiendo del origen histórico de las primeras, pero siempre al mismo nivel, estando todos los organismos vivos en la superficie del arbusto lidiando con las inclemencias exteriores.

Es sólo un problema de representación y muchos pensaréis que es baladí, en cambio, el árbol de la vida está en las escuelas y en los lugares más cotidianos, en la calle, donde la mayor parte de la gente lo asume como válido. Quizá, si el mundo tuviera un conocimiento más profundo a cerca del problema que acarrea una mala representación, podríamos vernos a nosotros mismos de otra forma y, como dice J. L. Arsuaga en La especie elegida, entender que nosotros somos una especie maravillosa, dentro de un mundo con millones de especies maravillosas.

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